La violencia del sinsentido

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ImagenEn su famosa The Waste Land, T.S.Eliot refleja el desencanto posterior a la Primera Guerra Mundial, entrelazando catástrofes y desilusiones de distintas épocas. Por la “ciudad irreal” que es Londres van caminando tantos muertos en vida, tantos que pelearon en tantas guerras sin sentido y el poeta anuncia: “nunca hubiera creído que la muerte deshiciera a tantos./Exhalaban suspiros, infrecuentes y breves,/y cada cual llevaba la vista fija ante sus pies.” Una sensación parecida evoca Nosotros caminamos en sueños, de Patricio Pron. Soldados desencantados que pelean en las Malvinas como peleando en todas las guerras a la vez (deshaciéndose en todas ellas, también). Los nombres de los soldados arrastran consigo distintos tiempos y asociaciones: nacionalidades diferentes, guiños a Pantaleón y las Visitadoras y su curioso sistema de “prestaciones” que le otorga a la guerra la lógica de un intercambio perverso (en un momento se dice: “Este no es el ejército burocrático del tiempo de sus abuelos. Este es un ejército moderno que busca la optimización de sus recursos pero elude cualquier clase de traba burocrática: somos una empresa capitalista de exterminio masivo que no escapa a la necesidad de optimizar sus recursos como cualquier otra empresa”.)

Hay en esta novela ecos de El Castillo de Kafka, de muchas obras de Beckett y ese lenguaje que, también, parece deshacerse: con palabras que dejan de significar (un personaje confunde palabras por su sonido y dice cosas como:«Vaya inmediatamente a cortarse el camello». o “un bar de peces” queriendo decir “un par de veces”), con frases que se repiten sin sentido (¡Dejen de robar!, se escucha en múltiples oportunidades), con preguntas sin respuesta (“Un soldado que no pertenecía a nuestra compañía se acercó y me preguntó: «¿ Eres de los nuestros?». «¿ Quiénes son los nuestros?», pregunté yo a mi turno, pero, antes de poder responderme, el soldado cayó sobre mí”)

Hay una violencia contenida en esta novela y que te explota en la cara cuando menos te lo esperas. No es la violencia de descripciones cruentas de la muerte, sino la del sinsentido de la guerra que queda subrayada por el absurdo del lenguaje, por la suspensión de toda lógica, por ese estado de inmovilidad tensa simbolizada tan bella y brillantemente por la de una bomba que queda detenida sobre las cabezas de nuestros personajes, amenazante, sin nunca terminar de caer del todo. La violencia de no poder confiar en un principio y un final y quedarse atascado en un “por mientras”, en un “por ahora”, y sin saber muy bien por qué.

La portada de la novela muestra a unos soldaditos de juguete, de plástico y la imagen, que antes de leer la novela parece simplemente bella, alcanza ribetes terribles a medida que avanza la historia. La guerra que describe Nosotros caminamos en sueños es la del tiempo detenido en un juego que no se entiende; un niño que dejó sus soldaditos allí tirados, detenidos en su propia historia, sin saber hacia dónde moverse. Lo mismo pasa con el título: Nosotros caminamos en sueños también juega con la ambigüedad de los tiempos: “caminamos” puede referirse tanto a un presente como a un pasado; o a un pasado que se confunde con el presente.

Los soldados de esta novela no saben por qué están peleando, nadie parece siquiera saber dónde se encuentran esas Islas Malvinas (“parecía evidente que Dios no solía pasar mucho tiempo en aquellas islas y posiblemente tampoco él supiera dónde quedaban”), y el heroísmo se vuelve una nueva forma de locura (“O’Brien gritó: «¡ Es tan imbécil que podría pasar por un héroe!»..). Los soldados comen carne de pingüino o mueren de hambre, los generales inventan un sistema de dar por muertos a once soldados cada día y reportárselo a la prensa para así inflamar al patriotismo, quienes mueren nunca dejan de morir e incluso arman una empresa de turismo que ofrece el horror real de la guerra a turistas japoneses que no dudan en fotografiar cadáveres y miembros mutilados.

La novela de Pron es brutal y hay frases que quedan sobrevolando como ecos, o como esa bomba por siempre detenida (“Clemente S nos había dicho un tiempo atrás que los soldados no gritaban por miedo, sino porque sabían que los muertos no gritan y querían comprobar para sí mismos que aún estaban vivos…”). La violencia y el sinsentido, y la violencia del sinsentido, hacen explotar el lenguaje en mil pedazos, sacando chispas que brillan incandescentes (y hay tantas descripciones brillantes en esta historia!: “El ayudante era un tipo delgado y amarillento, de aspecto nervioso, que parecía a punto de romper algo y tenía la mirada de quien ya lo ha roto”) pero que también dejan al lector brutalmente golpeado y conmovido.

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  1. Pingback: La violencia del sinsentido | María Jesús Navia acerca de “Nosotros caminamos en sueños” | Patriciopron.com |

  2. Cómo me recuerda la historia de “El mar de las Sirtes” del gran Julien Gracq. Con la diferencia de que en la de Gracq no hay guerra, no hay acción, no hay ruido de metrallas. A los soldados les queda una sola razón (además de las burocráticas) para seguir en el campo de batalla: la espera. Nada más que la espera de que pase algo, cualquier cosa. Guerra y espera… un tema maravilloso y poco trabajado. Saludos

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