Una monstruosidad cosmopolita

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los bosques tienenHay días en que el mundo debiera ser escrito por Carlos Yushimito. Serían buenos días, días sorprendentes. Días en los cuales recordar el valor de contar historias, días en los que puede pasar cualquier cosa y  en los cuales hasta el gesto más cotidiano adquiere un nuevo brillo. Pero como con todo en el universo de Yushimito, hay que tener mucho cuidado con los monstruos. No solo aquellos que se esconden donde menos te lo esperas, no solo aquellos que anuncian fines de mundo, sino aquellos que, como todo monstruo, nos terminan por mostrar nuestras, a veces, aún más monstruosas caras.

Los bosques tienen sus propias puertas (y ya ese sólo título merece una ovación de pie) viene a confirmar (y con fuegos artificiales) el inmenso talento narrativo del escritor peruano Carlos Yushimito. Me considero bien fan de sus Lecciones para un niño que llega tarde y, sin embargo, el mundo de Los bosques es francamente deslumbrante. Fascinante. Se trata de seis historias, cada una un mundo, cada una localizada en una parte distinta del mundo – Estados Unidos, Perú, Brasil-, en las que hay que recordarse eso de que los bosques también tienen puertas, que en algún lado están, porque a ratos solo vemos el bosque. Y nos perdemos. (Aunque es una delicia perderse).

En el primero, “Flechado por Tocantins”, una actriz secundaria entabla una extraña relación con el admirador secreto (y grotesco) de la actriz principal de una telenovela brasileña. El mundo frívolo de la historia en pantalla se entrelaza con el de la realidad que se muestra como brutal e incluso inmisericorde. Comenta uno de los personajes: “Somos lo que las personas normales siempre han querido ser y nunca podrán ser.” Yushimito se detiene en momentos en los que otros escritores deslizarían un par de descripciones a la rápida y le saca destellos a situaciones tan banales como ponerse unas gafas de sol: “Se ponía las gafas de sol como si fueran, en realidad, dos tapones en los oídos. Así: ‘me tapo los ojos para no oírte’.

En “Los climas extraños”, el narrador, pareja ya mayor de una chica más joven, ve su rostro transformarse frente al espejo, aunque nadie más lo pueda ver. El personaje desespera porque su mujer, Claudine, se fija demasiado en la apariencia física y sus detalles y él teme perderla. Nuevamente, la descripción de la relación está llena de momentos brillantes: “…Claudine parecía tener los pensamientos en otros lados y yo los veía treparse por las paredes con sus patitas quebradizas.”

En “75, Calle Prince Edward”, la monstruosidad propia del universo de Yushimito (que algo se asomaba en el primer cuento) comienza a impregnarlo todo paulatinamente. Charlie, un hombre de paso, que “quisiera estar muerto por dos o tres días”,  actúa y observa sin que sepamos muy bien por qué.  Hay gestos y decisiones perturbadoras, y un silencio ahogado y terrible, como el de una mano que cubriera nuestras bocas, impidiéndonos el grito. Y ese grito llega en el siguiente cuento, “Rizoma”, un cuento de plaga, de infección, de fin de mundo y que comienza con la simplicidad de un escritor de crítica gastronómica y la inauguración de Canibalia, un restaurant de moda. Las reflexiones del periodista son brutales: “‘En el mundo de hoy’, escribí, ‘podrían estar sucediendo cosas grandes. La educación universal. La sanidad pública. La eliminación global del hambre. Sin embargo, esas cosas grandes no suceden. Ocurren, en su lugar, cosas pequeñas. Por ejemplo, devoramos con absoluta creatividad que puso Dios sobre la tierra.” En otro momento, un chef comenta, cuando ya se desencadena la tragedia: “Es curioso como uno siempre busca la altura para salvarse. (…) Se le parece mucho a subirse a una cama y taparse con las sábanas. ¿No lo hacías tú de niño? Ahora pienso que es como si le tuviéramos todo el tiempo miedo a la tierra que estamos pisando. Como si algo estuviera a punto de nacer de ella y, en el fondo, lo supiéramos todo el tiempo.”

El cuarto relato, “En que da cuenta Lázaro de la amistad que tuvo con un ciego traficante de historias y de los infortunios que con él pasó”, recuerda la tradición de la novela picaresca con un genial giro literario: el amo de Lázaro se dedica a vender historias, o la ficción, como una poderosísima droga que debe suministrarse en pequeñas y cuidadosas cantidades.

Por último, en “Los bosques tienen sus propias puertas”, Zoe y Laura hacen un roadtrip, Zoe recuerda a su hermano (J.C) que, al volver de la guerra, se obsesiona con una colección de cajas de fósforos (“pequeñas catástrofes cotidianas” en potencia)  y se termina enamorando de un tipo que no le conviene. Todas sus vidas se entremezclan, todos sus sueños se superponen en el relato más onírico de la colección.  En un momento reflexiona: “Quizá debía adaptarse a la vida que estaba empezando a vivir. Solo eso.  El problema estaba tal vez en que todas las vidas que identificaba en ella ahora se le trenzaban a las piernas como si estuviera a la entrada de un bosque, y esas vidas no fueran más que un grupo de niñas asustadizas que no quisieran abandonarla ni seguir avanzando con ella.”

Sí, hay días en que el mundo debiera ser escrito por Carlos Yushimito. Serían buenos días. Tal vez a veces algo tristes y perturbadores pero, ciertamente, magistralmente escritos.

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