La ferocidad de lo cotidiano

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Imagen“Los gatos no tienen nombres, eso lo sabe todo el mundo. A los perros, sin embargo, cualquier cosa les queda bien, uno tira una o dos sílabas y se les quedan pegadas con velcro …”, para luego rematar: “los nombres rebotan como el agua sobre los pelos del gato.”

Así comienza la última novela de la dominicana Rita Indiana: Nombres y Animales. Menos estridente que su anterior, Papi (una verdadera montaña rusa, efervescente de referencias pop y delirio narrativo), algo más pausada en su andar, pero no por eso menos magistral.

Perderse en el universo de Indiana es siempre una delicia. En esta oportunidad es el universo de una joven narradora que debe trabajar en la clínica veterinaria/hotel para mascotas de sus tíos (Fin y Celia) mientras sus padres se encuentran de vacaciones en Europa. Mientras trabaja,la chica se obsesiona con encontrarle un nombre a uno de los gatos que pululan por el lugar, anotándolos en una libreta que lleva a todas partes, como un intento de ponerle algo de orden al mundo.

A su alrededor, su familia anda a los tropezones: su abuela cuenta una y otra vez las mismas historias a quien se le pase por delante (historias de submarinos nazis, de travestis que llegan a casa a buscar trabajo), su tío tiene una pena honda a la que bautiza “el hoyo” que parece llevárselo cada día más lejos, su tía tiene letreros luminosos en la cabeza que le dicen que es un fracaso (“Y vi en aquel humito hediondo el combustible de todos los letreros que Tía Celia tenía encendidos en su cabeza día y noche, el que decía ‘tu mamá es un cuero’, el que decía ‘tu papá no te quiere’ y el que decía ‘ningún hombre te querrá.”) , su primo tiene a una madre loca.

Como en Papi, también abundan figuras paternas algo espectrales, de esas que vuelven a dejar un cheque y se van o que se confunden con personajes de la cultura pop (en Papi eran Jason y Freddy Krueger, aquí es Lionel Ritchie: “Uriel, que nunca había visto a su papá, se lo imaginaba como Lionel Ritchie, y cada vez que en Teleantillas ponían el vide de ‘USA for Africa’ él aplaudía y saltaba sin que nadie supiera por qué). Y, mientras eso pasa, la narradora observa y observa, con la brutal minuciosidad de un escalpelo y lo cotidiano adquiere otros brillos, otras intensidades: “La voz de Radamés es como un jarabe para la tos”; o bien, “…a Tía Celia no hay quien la ayude porque en su mente el mundo es un gran inodoro sucio y ella es el único estropajo con la fibra necesaria para limpiarlo.”. O, al referirse a las habilidades de Derecho, un costurero: “leía a la gente como nunca pudo leer un libro, viendo el patrón y las tijeras con que habían sido cortados, así como por donde se descoserían cuando les llegara la hora.”

La de Indiana es una cotidianeidad que te clava los dientes cuando menos te lo esperas. Aunque a veces también ronronea o se acerca trayendo reflexiones de belleza tranquila (“Él sonrió y había tanto espacio allí que me dieron ganas de mudarme en su boca…”). El suyo es un mundo en el que la vida se siente con intensidad feroz (hasta la locura, con celos que carcomen los huesos, con dolores que se instalan en los cuerpos y parecen no querer irse más), con ferocidad furiosa de animales atrapados o la desolación de un abandono terrible. Probablemente una de las voces más geniales de la literatura actual.

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