Una caja de espectros, una colección de ausencias

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ImagenEl mes de julio se llena de días vacíos (“Hace un mes que todo me parece lo mismo. Me cansa la clínica. No se puede hacer nada porque no hay nada que se pueda hacer” (11)) La novia del protagonista está en el hospital, él cuida de su hijo pequeño, y su departamento se llena de todos los miembros de la familia de ella. Él compra un erizo, se va quedando sin espacio, lee revistas. No siente nada. O alguien pierde a su novia y vuelve a verla para su cumpleaños. Unos chilenos reciben a gringos en sus casas y un gringo (de Düsseldorf, en realidad) se pierde sin perderse en su estadía en Chile. Una familia se queda sin madre y la rutina se llena de larvas y un padre que se desmorona. Una chica repasa sus historias amorosas como un palimpsesto de heridas que se superponen. Una perra muere. Una madre muere. La vida se llena de moretones.

Uno sale de Reinos, primera colección de cuentos de Romina Reyes, con frío, algo entumecida. Como volver a casa después de llevar mucho tiempo caminando bajo la lluvia. Esa lluvia que, al principio, ni sentías, que se acumulaba en tu chaqueta, en tu pelo, que podías olvidar mientras caminabas de prisa bajo ella, pero que luego se convierte en lo único que puedes pensar. Frío. Más frío. Son relatos que quedan doliendo, que van cambiando de color (del rojo al morado, del dolor punzante al recordatorio molesto), como los de la protagonista de “Reinos”. Cuentos en los cuales la desolación (a ratos contenida, a ratos a punto de desbordar el vaso) se mezcla con el sarcasmo y el humor (así, en un momento, un chileno le comenta al “gringo” del cuento “Geert Lehmann/Los gringos”: “A Düsseldorf lo conozco porque unos chilenos ganaron ahí un torneo de dobles, te acordai? El 2003 parece que fue. Da lo mismo, es un torneo de mierda, pero cuando no hai ganao guerras ni hai ganao mundiales ni hai ganao olimpiadas ni hai ganao un Oscar y no le hai ganao a nadie, cualquier hueá sirve.”(49)) Reflexiones escritas con belleza, pero también con púas. Como la del protagonista de “Larvas”: “A veces siento como si nada bueno me fuera a pasar nunca, lo que no significa que esté triste ni que la pase mal. A veces pienso en esas cosas. Pero vuelvo y me digo: hay un momento en que todo comenzó a irse a la mierda. Y ese momento fue cuando mi abuelo se vino a Santiago. Y ese momento fue cuando mi mamá llenó unas bolsas con nuestra ropa y dijo que se iba, que ahora sí que se iba. Y ese momento fue cuando comenzaron a caer larvas del techo y a llenarse de moscas las paredes.” (66) O la de la narradora de “Ana y el resto”:“Miro sus manos como si fueran dos piedras gigantes y de pronto pienso en Víctor con ternura, en sus manos pequeñas como si la niñez nunca las hubiera abandonado. Me pregunto cuánto más durará eso, cuánto tiempo nos seguiremos acompañando como un par de viejos que se sienta a ver cómo va cambiando la luz del día.” (93)

En este último cuento, alguien le pregunta a la protagonista:“- Y qué pasa en tu historia?. A lo que ella responde: “Alguien se va y la otra persona se queda esperando. Eso es todo.” En Reinos la ausencia tiene un carácter espectral, algo que sigue allí aunque no se entienda muy bien cómo ni porqué. Algo que se niega a irse. Como dice el narrador de “La Karen”:“En mi ventana todavía estaban las cortinas de la Karen, y en la ducha aún flotaban sus pelos. También tenía el cepillo de dientes que saqué de su cartera y que puse en el vaso del baño, el vaso del baño de una casa que tenía más cepillos que personas.” (35). Personajes a los que le faltan pedazos (porque perdieron a una madre, porque perdieron la paciencia, o la esperanza), y que queda graficado punzantemente en el cuento “Reinos” en el que una perra muerde a una de las protagonistas, frente a lo que ella reflexiona:“Yo cojeaba y pensaba que ella se había llevado una parte de mí, un pedacito. Pero siempre pensé que algún día me lo iba a devolver. Que lo escupiría entre su comida o yo se lo podría sacar de los dientes y entonces podría recogerlo y volver a ponérmelo.” (97). O bien personajes que se escudan/esconden/pierden en rutinas, en mínimos rituales cotidianos que les entregan algo de orden: “Alejandra siempre llevaba una mochila llena de ropa para lavar. Se la ponía sobre las piernas y la abrazaba mientras dormía en el bus. No era que no pudiera lavar la ropa en Santiago, pero sentía que tenía que llegar a Rancagua a renovarse, a lavarse, a ponerse detergente.” (101)

Los cuentos de Reinos son mundos pequeños, miniaturas en las que todo es sorpresa y todo duele. Una colección precisa de ausencias.

 

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