Las canciones que no se van nunca

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Imagen“Cada familia tiene su canción, la canción que canta todos los días. Una canción hecha de pequeños gestos que les permite vivir juntos, dejar pasar el tiempo, no pensar. Mientras se canta esa canción, el fuego arderá en alguna parte. Y si la canción se calla, la familia explota como una gran bomba y sus miembros son esparcidos como esquirlas en cualquier dirección. Por eso cantamos todos los días lo mismo: para permanecer juntos. Para que el fuego siga encendido.”

Probablemente sea éste el párrafo-corazón del cuento “La canción que cantábamos todos los días”, parte del genial libro de cuentos de Luciano Lamberti: El loro que podía adivinar el futuro.  Un corazón que late como el corazón delator de Poe, bajo el piso, algo oculto, enigmático, completamente perturbador también. Tan perturbador como el cuento al cual le da vida: una familia (papá, mamá, dos hijos) va un día de paseo y sufre de un curioso accidente. Uno de los chicos ya no es el mismo de antes, aunque nadie sabe explicar muy bien porqué. La madre se pone nerviosa en su presencia, los amigos ya no quieren visitarlo. El narrador intenta no desesperar. Mantener la calma. Juntar los pedazos de la familia.

Lo extraño abunda en estos cuentos de Lamberti. Se cuela por todas las rendijas, entre puntos y comas, sorprende cuando uno menos se lo espera. Así, en “Pequeños Accidentes Ridículos”, un chico que puede mover objetos con la mente, o eso creen sus padres, cuenta anécdotas de infancia: el susto que le daba la máquina de moler carne de la carnicería familiar o los palitos con los que se obsesiona uno de sus amigos luego de salir de una rehabilitación y que acaba por matarse de un escopetazo y con un pie descalzo. En “Algunas notas sobre el país de los gigantes” se nos cuenta con paciencia y distancia de antropólogo acerca de los curiosos gigantes que se pueden conocer al cruzar alguno de los misteriosos portales que comienzan a aparecer por la ciudad. En “La vida es buena bajo el mar” un psicólogo se dedica a tratar a miembros de los Residentes, curiosos personajes que son capaces de estar en muchos lugares a la vez o “dislocarse”. Comenta el narrador: “Sus colegas hablaban de ellos en la cena de los viernes. Están obsesionados con el mar, decían, tienen un complejo de pérdida en relación al mar, lloran cubriéndose la cara con las manos y sienten que el mar los habita y que con sólo cerrar los ojos pueden volver a él”. Al poco tiempo, la gente se da cuenta de que algunos residentes o “dadores” pueden compartir por instantes su habilidad de “dislocarse” y el psicólogo cae en una brutal adicción.

“La Feria Integral de Oklahoma” tiene por protagonistas a un joven y su abuelo que puede hablar con los animales. Un día, lo invitan a un circo – la Feria a la que se refiere el título- para tratar la depresión de uno de sus osos. Por último, “El Loro que podía adivinar el futuro”, muestra los efectos que un loro que habla tiene en sus amos, quienes comienzan a obedecerlo de las más extrañas formas. El cuento termina de una manera simple que queda haciendo eco, que no se va, como las mejores canciones (o aquellas terribles que vuelven siempre a acosarnos): “El loro tiene planes para mí, para vos, para tus amigos y los amigos de tus amigos. A veces es un loro y a veces otra cosa, por lo que no siempre es fácil reconocer lo que necesita de nosotros. En los pueblos, se dice: “Tiene el loro”, cuando alguien enloquece, y “Viene el loro”, cuando se aproximan tiempos difíciles.  La gente de los pueblos sabe de lo que habla”.

Los cuentos de Lamberti están narrados en un lenguaje simple, pulcro, pero fulminante. Sus historias introducen elementos extraños en la realidad que, de a poquito, van haciendo ruido, siempre latiendo bajo nuestros pies.

Magistrales.

 

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