La literatura como incendio

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RH27378.jpgEn un momento de La Parte Inventada, la flamante nueva novela de Rodrigo Fresán, uno de los personajes, un escritor, comenta que, ante la pregunta de cuáles deben ser las partes de una historia, su respuesta siempre es y será: inicio, medio, final y deslúmbrame. La Parte Inventada tiene todos esos elementos pero en maravillosa e incandescente simultaneidad: cada una de sus secciones deja en el lector chispazos de deslumbramiento (y deslumbrar trae en sí misma la idea de lumbre, de fuego, y esta novela es un incendio, es fuego puro), el estado de wow es absoluto, el parque de diversiones más increíble, la fiesta perfecta, caminar por una ciudad favorita con nuestra persona más favorita y con todo el tiempo del mundo.

A cinco años de su anterior novela, El Fondo del Cielo, La Parte Inventada es un gran, pero gran reencuentro. Una novela sobre escritores pero también (y tan bien) una novela sobre la lectura y la literatura como contagio, como infección: con personajes que no pueden dejar de leer, que son invadidos por sus lecturas favoritas (que definen sus vidas por haberse encontrado con Cumbres Borrascosas o Jane Eyre muy temprano en sus vidas; por haber visto a sus padres leer de dos ediciones ligeramente diferentes de Tender is the Night de Fitzgerald (y la respuesta fue correr a leerla, aún sin entenderla, para dejar como un germen de una obsesión que brotaría tanto después)), que quieren más a sus libros que a sus familias, que se interpondrían entre una bala y su disco favorito (si esa bala garantizara la destrucción para siempre de esas melodías). Los personajes de Fresán son incandescentes, los libros y canciones (y Mariana Enríquez decía que una canción vale tanto como una novela perfecta) que los infectan les dan una energía que emite radiaciones que se mueven como ondas por las páginas. Leerlos es acompañarlos en lo que pasa en sus vidas, pero también, pero sobre todo, acompañarlos en sus lecturas, revisar los subrayados de sus libros, descubrir nuevos autores o historias que sirven para contarlos a ellos mismos. La lectura como campo minado que hace explotar nuestras memorias y secretos.

El título de la novela viene de un comentario que Gerald Murphy -inspiración para el protagonista de Tender is the Night– le hiciera a Francis Scott Fitzgerald: “Sólo la parte inventada de nuestra historia – la parte más irreal – ha tenido alguna estructura, alguna belleza.”. Y en esta historia conviven las partes reales con las partes inventadas de tantos personajes, mostrando cómo las partes inventadas alteran para siempre eso que queremos creer real. Una novela sobre padres (un giro diferente luego de las anteriores novelas de Fresán en las cuales el interés estaba en los hijos y la infancia como en Mantra o Jardines de Kensington) que tienen que explicarle a sus hijos la importancia de Pink Floyd, o cuyos hijos están a punto de ahogarse mientras ellos discuten en la arena, o que quisieron ser padres con monstruosa intensidad. La historia de un niño propenso a los accidentes e infortunios (y que sueña con trabajar decidiendo los colores para los países en los mapas) que encontrará en los libros y la escritura un salvavidas (pero uno de papel, que lo puede llevar también, directo y sin escalas, al fondo del océano) y cuyos padres estarán curiosamente relacionados con la historia y tras bambalinas de Tender is the Night, y que es hermano de una mujer que se llama Penélope (y que odia su nombre y lo de “sus zapatos de tacón y su vestido de domingo”), y que se casa con un miembro de la familia Karma (que recuerda a esa otra gran familia fresaniana, los Mantra) y pasa una estadía bastante peculiar en Abracadadabra. También hay dos chicos (chico y chica, chico quiere a chica, chica se deja querer) que desean hacer un documental sobre el escritor, un amigo de la familia del escritor que se dedica a musicalizar las noticias (a la manera de los pianistas en los comienzos del cine), un archivillano-escritor-éxito de ventas que se llama IKEA, junto a historias creadas por ese primer escritor, que no tiene nombre y es también X, apuntes varios, disquisiciones sobre el futuro del libro (“…a mí me parece que el futuro del libro no corre ningún peligro. Ahí están los libros y ahí está el futuro.”), una libreta de Biji donde se anotan los detalles de la creación del libro, o de un libro sobre la creación de Tender is the Night, (o como dice el narrador: “un libro que fuese no vanguardista sino retaguardista: la parte de atrás de un libro, su backstage y making-of, su how to en código a la vez que piezas sueltas a las que hay que atrapar”) todo con alusiones a los referentes sospechosos de siempre (y guiños infinitos a su legión de fans – levanto mi bandera aquí y la agito con fuerza): Las Variaciones Goldberg, A Day in the Life, Canciones Tristes, Martín Mantra, la curiosa vida y muerte de Joan Vollmer, Bob Dylan, la chica terrorista de piscinas y un etcétera múltiple y radioactivo.

Una novela que reflexiona sobre su creación, sobre escribir, sobre leer, sobre los nuevos formatos del libro y su futuro (y la reflexión es feroz y una no puede evitar sentir una vergüenza igual de incandescente por haber leído esta novela en formato Kindle. En mi defensa: imposible esperar más. Y también: leer un libro en formato electrónico no quita el querer tener – y leer- el libro real. Coming soon…) sobre la infección que es, en definitiva, la ficción: In-ficción. Y sin cura posible.

Una novela inmensa y monstruosa en la que un extraño e inusual juguete a cuerda altera el destino de tantos personajes (“El pasado es un juguete roto que cada quien arregla a su manera”) : un juguete defectuoso que camina hacia atrás, un juguete como la memoria, un juguete que ayuda a hacer memoria en esta novela (¿como el trineo de Citizen Kane, como los objetos mágicos de los cuentos de hadas?).

Leer esta novela es leerla a velocidad de avalancha, terminarla rendida y querer seguir leyendo. Correr (porque correr es leer según Fresán comenta en esta historia) a buscar la novela de Fitzgerald, a escuchar las canciones de The Kinks y Bob Dylan, a continuar el incendio, la lumbre, el deslumbramiento.

 

 

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