A veces siempre

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ImageCuestión de Perspectiva, de la escritora uruguaya Natalia Mardero, forma parte de la colección de e-books Absurdia y Suburbia de Suburbano ediciones. Son solo cuatro cuentos y WOW. Una empieza a leer y ya la sorpresa y la maravilla no se acaban.

El primero, “Cuestión de perspectiva” es de esos cuentos que llevaría bien dobladito en la billetera. O en un bolsillo cerca del corazón. Un salvavidas para los días malos. Una belleza de historia, breve y fulminante. Comienza con “Cuando me paraliza el miedo, cuando pienso que lo nuestro no puede ser, que es demasiado complicado, me alejo. Me elevo. Sobre las azoteas del barrio veo gente que viene y va, un auto estacionado en doble fila, el perro del vecino oliendo el viejo árbol de la cuadra. ¿Me sigue pareciendo difícil? Entonces subo un poco más”.

El cuento sólo sigue por un par de párrafos más (precisos, perfectos) para llegar a un final que conmueve en su belleza (y que hace que una quiera tatuarse este cuento en el antebrazo para poder mirarlo cada vez que haga falta.)

“El Recepcionista”, el segundo relato, nos sumerge en la vida de un hombre que trabaja de recepcionista y que se entretiene, y asume como un deber de suma importancia, el anotar las características de todos quienes pasan por el hotel en unas pequeñas tarjetitas. Nuevamente, el comienzo es simple y genial a la vez: “El recepcionista del hotel tiene cara de recepcionista. Una cara que si vuelve a encontrar, no se recuerda de ningún lado”.

Algunas de las cosas que anota este recepcionista: “Gordito yanqui con gorrito de Louisiana y olor a chivo. Lo primero que preguntó es si hablaba inglés, y lo segundo, un lugar para comprar whisky. Viaja solo, está desesperado por hablar. Entusiasta de más, de los que se te acodan al mostrador”.

La labor del recepcionista es noble (“Quiere dejar constancia de todo, antes de olvidarlos por completo, antes de que desaparezcan y no vuelvan más”), pero el hombre no deja de sorprenderse de que ya nada lo sorprenda.Hasta que llega una extraña pasajera. (Y ya nos les cuento más).

“Sábado”, el tercer relato, es otro chispazo breve. La instantánea de la adorada rutina de sábado de una mujer (“El único día que puedo esconderme bajo la manta, bicicletear descalza sobre el colchón y templar el cuerpo con temperatura uterina”) en la que se entretiene repasando curiosas fantasías eróticas.

Por último, en “El chalecito”, cuento que cierra la colección, una niña debe mudarse junto a sus padres a la casa de una tía soltera. La niña debe compartir el cuarto con la tía y por las noches juegan a hablar por horas de horas con la luz apagada (“Creo que cuando se apagaba la luz jugábamos un poco, yo a ser inquisidora y profunda, y ella a contestarme como si fuese una estrella de cine en una entrevista.”). La niña es curiosa y sus reflexiones están llenas de astucia y belleza, como cuando comenta acerca de la actitud de sus padres previa a la mudanza: “Mis padres sabían que ese momento podía llegar, pero ahora deambulaban por nuestro hogar perdido como si se hubiese muerto alguien.” A esto hay que sumarle la aparición de un hombre misterioso que comienza a deambular por el barrio y, de ahí en más, el cuento toma una fuerza de gigantes.

Cuestión de Perspectiva muestra con un lenguaje preciso y precioso los recovecos de la imaginación y curiosidad humana, así como también expone, con incandescencia, los dobleces y recovecos del corazón: un corazón a veces decepcionado, a veces roto en cien mil pedazos, a veces-siempre dispuesto a elevarse, tal vez, un poco más.

Una maravilla de colección.

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