Sí leer (Y pronto. Por favor. Gracias)

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ImageNo leer, la colección de ensayos de Alejandro Zambra, comienza con un breve texto sobre las lecturas obligatorias en Chile. La reflexión es brutal: “Así nos enseñaron a leer: a palos. Todavía pienso que los profesores no querían entusiasmarnos sino disuadirnos, alejarnos para siempre de los libros”. Para agregar, ya llegando al final del texto: “…es un milagro que hayamos sobrevivido a esos profesores, que hicieron todo lo posible para demostrarnos que leer era la cosa más aburrida del mundo.”

Lecturas obligatorias. El término parece sacado de manual de tortura medieval (si todos los castigos fallan: aplíquense lecturas obligatorias). Y de ahí que el título de la colección sea tan pertinente, en el otro extremo de la obligación, o de esas campañas de promoción de la lectura que nunca parecen acertarle al enfoque. Zambra, en sus ensayos, en sus reflexiones, devuelve a la lectura al lugar incómodo que le pertenece, esa maravilla que hace olvidarse de los problemas, ese deleite infinito, sí, pero también esos dolores, esos portazos en la cara, esas ganas de apagar el mundo que trae consigo leer ese párrafo preciso y terrible que cae como un buitre sobre el corazón.

Y, sin embargo, una de las cosas que más anoté en los márgenes de este libro fue “Leer”, y con mayúsculas, y entre signos de exclamación, al lado de los títulos de novelas o poemas que Zambra ofrece al lector como tesoros o minas antipersonales a punto de explotar. 

Leer. Leerlo todo. Con voracidad, con dolor, con fascinación y pausa. (No sé si a eso apuntan estos textos pero sí estoy segura de que lo provocan).En libros que se cargan en maletas de viaje a modo de talismán de protección (“Puedo olvidar mi medicamento favorito o el paño para limpiar los anteojos, pero nunca olvido esas novelas. Pienso que viajar sin ellas sería peligroso.”), o bien en aparatos electrónicos o fotocopias tibias recién salidas de la máquina. Leer libros largos inventándose episodios de gripe, o bien esconderse en ellos a modo de búnker (“A mí me gustan más las novelas largas, esas que reservamos para la primera gripe del año, esas que nos obligan a inventar la primera gripe del año para quedarnos en casa leyendo”), para defender el sistema inmunológico de otras amenazas. Leer como trinchera o como un escudo demasiado frágil. Leer los títulos ridículos de Harold Bloom para decidir no leer todo lo demás. No leer, sí, también, como ejercicio de libertad.

La colección se divide en tres secciones. En la primera se reúnen reflexiones breves sobre leer y apreciaciones fugaces (instantáneas, casi, miniaturas precisas) sobre ciertos autores recurrentes/favoritos. 

Nota aparte: siempre me han molestado las reseñas que no incluyen citas de la obra reseñada. No sé, me parece un acto de curioso egoísmo, supongo. Como decir “encontré este tesoro (o este monstruo), pero YO te voy a contar cómo es en vez de dejarte verlo/escucharlo”. Zambra no hace esto, por cierto, todos sus textos conjuran esas otras voces. Despiertan el apetito. 

Así que, de esa primera parte, dejo dos momentos (al azar, de tantos): “…los mejores libros son los que no sabíamos que queríamos leer”. O, sobre Natalia Ginzburg: “El descubrimiento de un gran escritor de alguna manera modifica todo lo que sabíamos o creíamos saber: sus libros estaban a la espera desde siempre, y es poco o nada lo que podemos decir sobre ellos. Incluso deseamos haberlos leído antes, como si no bastara el momento presente.”

En la segunda parte, los textos se alargan, crecen para dar cabida a análisis más minuciosos (y atentos, deslumbrados) de la poesía de Bolaño, los diarios de Ribeyro o la experiencia de visitar el pueblo natal de Cesare Pavese: “En Santo Stefano los niños aprenden, desde pequeños, que en este pueblo nació un gran escritor que nunca fue feliz. Los niños de este pueblo aprenden desde temprano la palabra suicidio. Los niños saben de antemano que, en este pueblo, como decía Pavese, trabajar cansa.”

Por último, en la tercera parte, los textos se centran en el propio proceso de escritura de Zambra: apuntes en torno a Bonsai, o Formas de volver a casa, o incluso el proceso de adaptación al cine de la primera: “Me gusta pensar que cuando publicamos libros es cuando los hijos se van de la casa: queremos que tengan buena suerte, pero es poco o nada lo que podemos hacer por ellos. Y nos interesa mucho más el libro que estamos escribiendo ahora, el que estamos criando. Aquella tarde, sentado en la cuneta, pensé que en adelante mi novela viviría muy lejos y que quizás iba en camino a convertirse en uno de esos hijos ingratos que no llaman nunca.”

No leer es un libro que, como dice Zambra, “no sabía que quería leer” y que, una vez terminado, no puedo menos que decir, aún con esa incoherencia feliz de la post-lectura: Sí leer. Y pronto. Por favor. Gracias.

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