“Un padre es una bomba de tiempo”

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ImageEs mi frase favorita de Había una vez un pájaro, pequeño y nuevo libro de Alejandra Costamagna. O “nuevo” y “pequeño”, porque la verdad es que se trata de una reescritura de la primera novela de la autora, En Voz Baja, y de pequeño no tiene nada. Hay un mundo acá adentro; hay una bomba de tiempo que late entre las páginas, esa bomba de tiempo que es un padre, que es el padre de estas historias, pero que es también todo lo que arrastra consigo. El tiempo, la memoria, en estado explosivo. Hacer memoria como salir de paseo por un campo minado.

Había una vez un pájaro se compone de tres relatos: el primero “Nadie nunca se acostumbra” (y parte de la magnífica colección de cuentos de Costamagna, Animales Domésticos), Jani viaja con su padre al otro lado de la cordillera. En el camino cuenta perros y descuenta recuerdos, descubre verdades que tal vez preferiría no saber e intenta aprehender a ese padre que se le escapa por todos los dedos y al que es tan fácil descubrir cuando miente: “Cada vez que miente la llama Ja. El helado de pistacho es muy rico, Ja. Hoy día cualquiera pisa la luna, Ja. Te vas a acostumbrar, Ja. Y el pistacho es asqueroso y la luna es una bola distante y nadie nunca se acostumbra”. El segundo, “Agujas de reloj” cuenta una historia que es una miniatura perfecta, confeccionada con precisión de relojero dentro de lo difuso que pueden ser los sustantivos comunes: un padre visita a una hija. Una madre espera. Una madre se decepciona. Una hija tal vez solo quisiera gritar.  O, en palabras de Costamagna: “Una madre es un retrato en el muro de una casa; un primer plano de familia feliz. Una madre es un reloj, dice un padre.”

Por último, la tercera historia, que le da nombre al volumen, también nos confronta con una dinámica padre-hija hecha de jirones y verdades a medias que quedan doliendo para siempre. Comienza así (de esos comienzos para enmarcarlos, para recitarlos como conjuro): “Mi padre es el protagonista de esta historia, pero mi padre no está. Tengo que ir hacia atrás y raspar mi cabeza con una astilla para que aparezca.”

La protagonista pierde a su padre, primero en la cárcel, luego en versiones encontradas sobre su paradero (“Que nos olvidemos de mi padre. O sea que no, o sea que sí. O sea, que nos hagamos la idea de que anda en un viaje de trabajo.”). Son los años 70 en Chile y las mentiras y los silencios confusos parecen ser la banda sonora por excelencia. Pero la protagonista y su hermana van aprendiendo a escuchar los silencios (“Mi tía, Lucas y mi madre hablan en clave, no perciben – no quieren percibir – que estamos aprendiendo su idioma.”) y la manera de contarlo de la autora es de una belleza simple pero incandescente: “A mi madre le gustaría que fuéramos dóciles, que aceptáramos la partida de nuestro padre como un cambio de estación. Un poco frío al atardecer, cielos parcialmente nublados. Posibles chubascos en la madrugada.”

Había una vez un pájaro (título que sale de un epígrafe de Clarice Lispector) parece traer consigo asociaciones felices de infancia y cuentos de hadas. Sin embargo, el título se va cargando de otros tonos, otras inquietudes, a medida que avanza el volumen, y ya al terminarlo, lo que suena con toda estridencia no es ni “pájaro” ni el “había una vez” (tan seguro en su carácter de fórmula), sino esa insistencia en lo único y efímero del instante: Una vez; un pájaro.

Y un silencio que amenaza con tragárselo todo.

Un libro impresionante.

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