La coreografía de la violencia

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ImageLa fila india, la más reciente novela del escritor mexicano Antonio Ortuño, es a la vez perturbadora y dolorosa. Recuerda un poco a la brutalidad de 2666 de Bolaño, en la parte de los crímenes, y a la violencia y reflexión sobre la frontera que se encuentra en Norte, la buenísima novela de Edmundo Paz Soldán. Sólo que en La Fila India el cruce de fronteras que verdaderamente se teme y queda marcado en el cuerpo de los personajes en infinitas violaciones, mutilaciones y excesos, es el cruce previo. No el de México a Estados Unidos con sus coyotes, su cruce siempre peligroso y tantas veces retratado en películas y novelas, sino el de diferentes países de Centroamérica a México (“Una vez allá, felicidades. Respira hondo: el horror ya corre por cuenta de los gringos.”)Un terrero que, al menos para mí, era desconocido y que Ortuño retrata con una fiereza que deja al lector atormentado y alerta (“Lloramos a nuestros muertos mientras asesinamos y arrojamos a las zanjas a legiones de extranjeros y lo hacemos sin despeinarnos ni parpadear. Un país de víctimas con fauces y garras de tigre”.)

La novela entrecruza tres historias, que se refractan en muchas más. La de la Negra, una mujer que viaja con su hija a Santa Rita, lugar en el que se han dado bestiales ataques de violencia contra los centroamericanos de paso (llegando a quemarlos con fuego mientras las autoridades andan, convenientemente, de posadas); la historia de Yein, una de las inmigrantes que sobrevivió a la masacre, aunque sobrevivir sea mucho decir, y la historia de la pareja de la Negra, un profesor que parece de lo más aburrido, cuyo único defecto parece ser el machismo y un creerse más de lo que es, hasta que ________, hasta que _____________.  Todo esto, con interrupciones de partes oficiales de la Conami que, en un lenguaje formulaico, frío, se manifiesta indignada frente a la violencia y promete proteger a las víctimas y ayudar a la repatriación de sus restos (“La Comisión Nacional de Migración (Conami) Delegación Santa Rita expresa su más enérgico repudio a la agresión en contra de migrantes originarios de diversos países centroamericanos…”)A medida que avanza la historia, a medida que nos enfrentamos, casi leyendo con los dedos cubriéndonos parcialmente los ojos,  a los horrores, a la hipocresía, al desastre, estos partes oficiales van adquiriendo tintes cada vez más perversos, y el horror lo desborda todo. En un momento la Negra comenta: “Debía rescatarnos de la máquina de picar carne que era la ciudad. El país entero”. O, más tarde: “Los jueces, me dijo la abogada, estaban dispuestos a creer cualquier cosa que les contara alguien que proviniera de las diversas masacres simultáneas que llamábamos México”.

La fila india, como su nombre lo indica, lleva al lector despacio y ordenadamente por un territorio en el que no alcanza a ver muy bien lo que lo espera. Sólo vemos lo que está inmediatamente frente a nuestros ojos, lo que nos protege y oculta del horror que hay unos pasos más adelante, lo que, a su vez, no nos permite estar nunca preparados para lo que viene. El recurso parece también aludir a la docilidad y “avance” de la memoria en situaciones de tragedia, una memoria que también va en fila india, avanzando siempre sin mirar atrás, con una docilidad aterradora (“Pero quién recuerda la anterior matanza cuando aparece otra en escena, deslumbrante”.).

Hace un tiempo leí Recursos Humanos, novela con la cual Ortuño quedó finalista del Premio Herralde y que parece destilar odio en cada una de sus páginas, un odio escrito de una forma absolutamente magistral. La Fila India también ofrece un lenguaje sin adornos, de frases breves que despiertan al lector a golpes, propiciando un estado de lectura incómodo, donde sin embargo siempre queda espacio para maravillarse frente a tanto talento.

Un grande, Ortuño.

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