Las sílabas infinitas de la locura

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ImageLa primera novela del joven escritor mexicano Daniel Saldaña París es toda una caja de sorpresas. Cada una de sus cuatro secciones lleva a sus lectores por derroteros inesperados. Caemos de una a otra sin saber muy bien cómo ni a dónde terminaremos. Así, de la historia de Rodrigo en la primera parte (titulada “La tercera persona”), un hombre que trabaja en un museo con bastante desencanto y saliéndose de su rutina tibia sólo para tomar té en un café de barrio y coleccionar cada una de las bolsitas que utiliza y que acaba casándose por error con una secretaria que en el fondo desprecia, pasamos a la vida del español Marcel Valente contada en contrapunto con la de su interés académico. Es la segunda parte (titulada “Consideraciones fundamentales en torno a algo”) y descubrimos la vida del español que no es más que un espejo triste de la brillante y desquiciada vida de un artista de vanguardia (Richard Foret) y Bea Langley, el amor de su vida (“Marcelo se identificaba irremediablemente con sus objetos de estudio, como un niño que durante una película no puede evitar hacer ruidos cuando ve explosiones”)

Justo cuando vamos a ponernos cómodos, creyendo que ahora tendremos estos dos personajes como dos carriles que llevan la historia y nuestras imaginaciones, pasamos a la tercera parte (“Los arbustos del orbe”) en la que estos dos personajes (Rodrigo y Marcelo) se cruzan en un pequeño pueblo mexicano y luego a la cuarta (“El futuro del arte”) en que la novela acaba por desquiciarse.

En un momento de la historia se dice que “la palabra locura sólo tiene tres sílabas audibles, y luego una larga serie de sílabas que se despliegan como hacia adentro de esa palabra, y que no se pronuncian pero que laten en ella y que son en cierto sentido aludidas cuando alguien dice ‘locura’, sobre todo si lo dice conscientemente, pensando en las formas múltiples y no siempre simpáticas de la locura, esa palabra de infinitas sílabas.”; y lo cierto es que esta novela se lee como esa tensión entre las sílabas audibles y las infinitas sílabas fantasmas de la locura. Una locura que en esta novela está en el sitio baldío que Rodrigo contempla por la ventana, donde vive una gallina que le llama la atención y mantiene ocupados sus pensamientos, y que en realidad es un bosque o le recuerda a un bosque de su infancia; locura que se dobla en pedacitos para explotar en un grupo de académicos que hacen curiosos experimentos de hipnosis para descubrir el futuro del arte, para así agregarle algo de vida a la gris academia con la violencia de un electroshock, o que se insinúa en la posibilidad de vivir dos vidas, o tantas, en cada una de las investigaciones y ambiciones de los personajes.

El título de la novela viene de un epígrafe de Arthur Cravan: “Sobre los bancos de los parques/ en medio de extrañas víctimas/el poeta viene a sentarse igual que los amputados”, y uno vuelve a él luego del simple y sorpresivo final de la historia. Una historia donde, si bien los eventos son extraordinarios o francamente bizarros,  donde se cuestiona el arte, la realidad y la conexión entre ambos, lo que queda es la imagen de esos personajes (visionarios, escudriñadores, vacíos, desesperados por vivir, decepcionados pero nunca vencidos totalmente)  que vienen a sentarse entre nosotros “igual que los amputados”.

Notable novela.

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