Una novela para rendirse

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ImageUn tren descarrilado. Buscarse el pulso en la muñeca y sentir la sangre y su tamborileo, su ritmo desbocado. Pocas veces me he encontrado con novelas tan vivas como Ladrilleros de Selva Almada. Una novela con una historia simple (dos hombres, dos familias, enemistadas), donde no hay lugar para descripciones plácidas ni excesivas meditaciones. Donde todo es carne. Todo late. Todo avanza. Y la poesía abunda en la simplicidad de las cosas.

“La vuelta al mundo quedó vacía, sin embargo las sillas siguen balanceándose despacito. Será el aire del amanecer.”

Así comienza Ladrilleros. Yo terminé la novela ayer por la tarde y la frase sigue suspendida en mi cabeza. Esas sillas siguen balanceándose despacito. Y yo creo que ya no se detienen más. 

Trato y quiero contarles el argumento pero no puedo. Porque contarlo es decirlo todo; porque contarlo es también decirles nada. Tal vez baste con mencionar que, con dos familias enemistadas, en un pueblo pequeño, la muerte se asoma en todas las esquinas. Tal vez pueda agregar que hay fantasmas y recuerdos que no se quieren ir.  Que hay amores y relaciones humanas en carne viva, narradas con desesperación contenida; que hay descripciones que te golpean y ya cuesta levantarse. Leer Ladrilleros nos recuerda que leer es una experiencia física, que hay tensión en nuestros dedos, que hay agotamiento en los ojos, que tal vez apretamos los dientes y el cuerpo se siente liviano o pesado como el infierno a medida que vamos avanzando la lectura. 

Con novelas tan impresionantes como ésta, sólo queda rendirse. Yo solo les dejo tres momentos, tres ecos de esta historia, para que ojalá vayan corriendo a leerla:

“Si ella empezó a despedirse de él cuando nació Pajarito, él empezó a despedirse de ella bajo el sol furioso de un mediodía, mientras descansaba sobre la pala, las patas hundidas en el barro, la espalda ardida; los ojos, dos puñaladas de odio.”

“Un día su cuerpo dejará de quedarle chico a tanta furia como siente desde que tiene memoria.”

“Sin embargo, de vez en cuando le agarraba algo adentro que no sabía explicar y pensaba que cuando su hermano naciera, él se iba a morir. Durante esos ratos, sacaba todos los soldados, indios, autitos, todos los juguetes que tenía, y los alineaba en el patio y después se echaba de panza y los miraba uno por uno, como despidiéndose.”

Hay que rendirse con Selva Almada. Leerla toda. Quedar rendida.

Rendirse otra vez.

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