La sorpresa de lo común

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ImageCuando me propuse empezar este blog, la idea era recomendar buenos libros, libros que me encantaran. Acá no se trataba de hacer crítica sino de repartir flores. Es una tarea complicada y, a ratos, hacía que mi blog se quedara de lo más mudo: no todo lo que leo es bueno, no todo lo que leo me da ganas de cantarlo a todos los vientos.

Una de las cosas tristes que sucede con un blog así es que pasa un poco lo de Pedrito y el Lobo; como todo lo que escribo aquí son flores y fuegos artificiales, supongo que debe costar a veces creerme. Usted me lee y debe pensar qué tan bueno puede ser; a ella le gusta todo.

No es verdad, como acabo de explicar. No todo lo que leo me gusta; todos los libros sobre los que escribo en este blog, sí. Claramente. Y es un desafío, por cierto, lograr transmitir la emoción de leer algo realmente increíble.

Pero aquí vamos otra vez.

The Color Master de Aimee Bender es una colección de cuentos absurdamente magnífica. Soy de las que subrayo libros (con lápiz a mina, claro) y este libro me lo subrayé todo. No sólo porque Bender se manda unas descripciones para aplaudir de pie, con historias que son siniestras y bellas, absolutamente desquiciadas o tranquilas como mirar un lago por una ventana, sino porque cada una de las palabras que usa parece haber sido escogida con el equilibrio perfecto, la tonalidad precisa, como una verdadera maestra del color, como indica el título.

Y ya que estamos, partamos por ese cuento, el que le da el nombre al libro, en el que se nos habla de un pueblo remoto en el que artesanos especializados trabajan confeccionando vestidos y trajes de sol, de luna, de roca y, para ello, reciben la ayuda de una mujer que es capaz de hacer las combinaciones de colores perfectas, usando tonos, a primera vista, muy claros, muy oscuros, casi equivocados.

Los cuentos de hadas son una vibración constante en este conjunto de relatos: de historias más normales como una chica en un college norteamericano que se aburre mientras su roommate la pasa bien en su cuarto con su novio a historias de mujeres feas que se casan con ogros que comen humanos, una joven que es contratada para coser las rayas de un tigre, o una chica que no come manzanas y que es contemplada con odio por los que sí las comen.

Pero a veces la magia, lo inusual, aparece como un detalle que desestabiliza por momentos o para siempre a los personajes: como una familia que empieza a recibir curiosos regalos (comida, toallas, productos de limpieza que aparecen por todos los rincones y que le recuerdan a la familia todas esas carencias que tratan de no ver), un hombre bellísimo cuyo rostro es tan simétrico que la gente le tiene desconfianza y está obsesionado con deformárselo; un niño que sufre una enfermedad que le impide reconocer rostros o una mujer, desencantada con su matrimonio, que empieza a cobrarle a su marido cada vez que tienen sexo, y usa ese dinero para comprar las respuestas de extraños a sus también extrañas preguntas.

Hace tiempo que no me pasaba que iba leyendo una página y cada giro de la historia, cada pequeño desvío para hacer una aclaración (“‘Time for bed, honey’, she said cheerfully, which was code for Don’t touch me.) o descripción (“Her hair is so long and wheatlike you could bake it into bread”) me traía una sonrisa al rostro y ese pensamiento constante de: wow, qué inmensa es la imaginación de Bender.

No había leído nada de ella y ahora quiero leerlo todo. Quisiera dejar el doctorado en pausa sólo para deleitarme con el talento de Bender.

Se suele decir que las cosas buenas son “una joya” pero acá la metáfora es otra, se saborea. Los cuentos de Bender son como comer algo delicioso con los ojos cerrados: admirando así, intensamente, con sorpresa, felicidad y tanto placer, cada uno de los sabores y texturas.

De los mejores descubrimientos literarios de mi 2013.

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