Consuma ironía

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Image Una de las primeras cosas que llaman la atención de El azar y los héroes, el último libro de cuentos del escritor argentino Diego Fonseca, es la preponderancia que tiene el consumo, la deuda, los nombres de productos (caramelos de omega 3 GMC, las hamburguesas de Five Guys, las sopas Campbell’s) en cada una de las historias (incluso los personajes son descritos en esos términos, como la chica que es “rechoncha y transparente como una Ziploc). Eso, y una prosa impecable que va acomodando la velocidad de los relatos con pericia: desde la lentitud observadora en “Una buena y sana sopa de pollo” o la tensión creciente y que bordea el absurdo en “El azar y los héroes”, a la vertiginosidad que alcanzan historias como “Powerpuff Girls” o “El último comunista de Miami”, pasando por esos ritmos perfectos en “Caramelos de omega 3 (South Beach)”.

El ojo económico se agradece y sorprende. Las pequeñas minucias de una etiqueta en una lata de sopa que tarda más de la cuenta en ser leída puede ocasionar desastres de proporciones monumentales, o ballenescas, si es que seguimos las reflexiones del protagonista de ‘Una buena y sana sopa de pollo” que, junto con ver caer al suelo a toda una familia de obesos mórbidos, pone a contraluz toda una serie de prejuicios y ese miedo tan americano a la denuncia por parte del consumidor (“No sé si se dan cuenta, pero este país se ha convertido en una caterva de minorías con derechos minúsculos. Cuidado con hacer algo y ofender a un pedacito de América, protesta en silencio el Sr. O’Reilly”.)

Los narradores de los cuentos suelen llevar sus reflexiones al límite de la ironía, o la carcajada activada por el humor más negro. En “Powerpuff Girls” un hombre en un vagón de metro observa la conducta de unas adolescentes superficiales que van del sexo y el embarazo a Bob Esponja y las Chicas Superpoderosas, sin escalas.

En mi cuento favorito, “Caramelos de Omega 3” una pareja se pone a dieta para bajar el colesterol mientras el futuro les sonríe en Estados Unidos y la madre de uno de ellos condimenta la soledad haciendo mil y un cambios a las tuberías de su casa, ganándose la consiguiente simpatía del plomero. La economía tambalea y del sueño americano se despierta de golpe en el suelo y con la cuchara enterrada en el tarro de mantequilla de maní, mientras la madre hace amistades con una viuda y deja mensajes eternos en la contestadora de su hijo.

En “El Último comunista de Miami” la tragedia viene de la mano de las empresas que ofrecen créditos, al parecer, a todo el mundo. La verdadera democracia es la deuda y los personajes van alcanzando distintos y peligrosos niveles de desesperación. Comenta el narrador en un momento: “La gente sorprende y confirma que a veces en los peores momentos se toman las mejores decisiones”.

Mucho de azar, o franca mala suerte, y una falta brutal de heroísmo (que no sea la resignación o el salir corriendo) abundan en estos relatos. Uno termina de leer y dan ganas de ir a revisar la letra chica de nuestros contratos o monitorear inquietos los flujos de nuestras cuentas bancarias.

Pero la sonrisa no se borra.

Aunque sea irónica; ahí se queda.

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