La Ficción de lo Trucho

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ImageTrucho es una micro-colección de cuentos, una antología breve de sólo cuatro relatos (cuatro relatos magníficos, desquiciados, maravillosos, terribles y tanto más) curada por Federico Falco como parte de las publicaciones de la nueva revista literaria Traviesa (www.mastraviesa.com).

La antología, como lo indica su título, se acerca al concepto de lo trucho (lo “chafa” para los mexicanos, quizás “rasca o pirata” para los chilenos, lo de mala calidad, falso, etc) desde distintas vertientes.

En su introducción, Falco hace un brillante recorrido por la historia de la idea de marca  que trae, por asociación, como un hermano temible, la idea de lo trucho; el aura que impregna a la marca, su fetiche, y ese anhelo o ansiedad que se esconde así en todo lo trucho. En “Omega”, el chileno Diego Zúniga cuenta la historia de un niño que se apropia del reloj Omega (auténtico, o eso cree) de su padre, reloj que puede usarse en la Luna y al que le asigna todo tipo de superpoderes. En “Las Mañanitas” – mi favorito -, de Federico Guzmán Rubio (escritor mexicano), una pareja de mexicanos llegados hace poco a Estados Unidos, invitan al jefe a cenar a la casa, cayendo en todos los estereotipos sobre los mexicanos que tienen los gringos (porque así les aconsejan hacer): sirviéndoles Corona, preparando un insípido guacamole sin picante, poniendo de música lo que le gusta al jefe: “algo mexicano, no sé. Como Jennifer López o Ricky Martin”. Del fetiche y la posterior decepción de lo trucho en el cuento de Zúñiga se pasa a lo trucho como prejuicio, una ficción falsa, de mala calidad, que se hacen los gringos de los mexicanos en este caso.

En el tercer cuento, “La Marca” de Javier González (autor colombiano), la historia de una marca de ropa, desarrollada en base a la copia y robo de otros referentes por una mujer bastante particular, Marilyn (“En realidad no diseñaba, decía mi padre. Se copiaba. Pero con gusto, decía mi madre”) esconde y resalta a la vez el dolor de familias a mal traer, las esperanzas de distintos miembros de la tienda o que visten sus productos, incluso un brutal asesinato.

Por último,  en “Dos sables láser”, Hernán Vanoli (autor argentino) lleva lo trucho a la copia, el doble y el exceso de referencias: desde libros que se leen en fotocopias, novelas que se escriben con recortes e injertos que un otro (un alterego) va poniendo uno junto a otro, visitas a curanderas de mala muerte, al formato del mismo cuento, en el cual se intercalan entradas de diario de vida, con apuntes de reflexión antropológica sobre las ferias donde se venden las copias de todo en la ciudad: zapatos, carteras, etc.

Todos estos cuentos muestran cómo lo trucho no es más que una ficción, algo fabricado, que a ratos muestra más o menos sus costuras, que a veces funciona y otras francamente destiñe. Que dice mucho del producto (un reloj que ya no anda) pero también de quien lo compra (el jefe y su estereotipo de los mexicanos, y el asumir ese estereotipo por parte de estos últimos).

Se trata de cuatro cuentos notables, de cuatro escritores jóvenes latinoamericanos, a los que definitivamente hay que tener en la mira.

Una lectura breve pero genial.

(Trucho está en formato digital en Amazon.com. Y aproveche también de darse una vuelta por Traviesa. Gran iniciativa).

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